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«La trampa del algoritmo del bienestar»: porqué la IA está estandarizando nuestra felicidad y eliminando la serendipia social.

● Eduard Farran Teixido, profesor del Grado en Comunicación y experto en publicidad de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), advierte que entre el 70% y el 90% del contenido que consumimos en redes sociales es seleccionado por los algoritmos, dejándonos sin una capacidad de elección real.
● El experto señala cómo las plataformas mercantilizan nuestras «huellas emocionales» y advierte que el encapsulamiento ideológico está eludiendo el debate crítico, creando una sociedad que paradójicamente se siente más sola cuanto más conectada está.
● Farran aboga por la «alfabetización algorítmica» mediante decisiones de consumo conscientes y defiende una regulación que exija mayor transparencia para construir una Inteligencia Artificial ética que fomente el pensamiento divergente.

En la actualidad, la forma en la que descubrimos contenidos e interactuamos en internet está sufriendo una profunda estandarización. Ante este escenario, la Universidad Internacional de Valencia (VIU), perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, analiza el fenómeno de «La trampa del algoritmo del bienestar», advirtiendo que la pérdida de la serendipia está mermando
nuestra capacidad de descubrimiento genuino.
Eduard Farran Teixido, profesor del Grado en Comunicación y experto en publicidad de VIU, señala que las plataformas buscan maximizar el tiempo de permanencia y la interacción del usuario mediante burbujas de filtro. «Por aportar cifras aproximadas diríamos que entre el 70 y el 90% del contenido que consumimos lo aportan los algoritmos», explica Farran, añadiendo que la única decisión real que tomamos es a quién seguir inicialmente, a partir de ahí, el contenido está preseleccionado para que nos resulte familiar, cómodo o emocionalmente estimulante.
El fin de la serendipia y la homogeneización cultural
Farran advierte sobre las consecuencias que tiene esta dinámica en la creatividad y la diversidad. «El descubrimiento ya no es aleatorio, sino mediado por cálculos estadísticos».
Esto obliga a las marcas y a los creadores de contenido a adaptarse a los patrones algorítmicos para lograr visibilidad, provocando que las propuestas acaben replicándose de forma similar a los fenómenos mainstream.
Esta dinámica tiene un impacto directo en la identidad individual y local. El experto señala que los creadores locales también se ven arrastrados a este molde global dictado por Silicon Valley. En consecuencia, «más que una desaparición de la diversidad en sí misma, lo que estamos viendo es una estandarización de la forma en que las culturas se presentan en internet».

La economía de la dopamina y la mercantilización emocional
Detrás de este ecosistema se encuentra una sofisticada maquinaria publicitaria que se alimenta de la vulnerabilidad de los usuarios. Farran subraya que son los propios consumidores quienes dejan una «huella emocional» constante, la cual es estructurada por las plataformas e interpretada por las agencias en forma de contenidos estratégicos.
A esto se suma la trampa del «scroll infinito», un sistema en el que el contenido nunca se acaba y que está pensado para entregar pequeñas recompensas emocionales como la sorpresa, el humor o la curiosidad. Al prolongarse esta acción, el usuario cae en lo que el docente denomina un «trance pasivo”, siente que está entretenido, pero en realidad consume contenido de forma casi automática. El cerebro se ve inmerso en una cadena continua de estímulos diseñada específicamente para que no sienta la necesidad de parar.
El circuito comercial de la información y la paradoja de la soledad
Esta mercantilización también afecta gravemente a la esfera pública. Farran advierte que el sesgo de confirmación continuo provoca que las ideas sean tratadas por los algoritmos como simple contenido de consumo. Al encerrarnos en un espacio de confort emocional, eludimos el «dolor» de confrontar nuestras opiniones con posturas distintas. Para formar una opinión pública crítica, el docente defiende que debemos enfrentarnos a un «síndrome de abstinencia intelectual», un proceso que requiere de un tiempo y unas ganas de las que hoy la sociedad carece.
Apoyándose en los análisis de pensadores como Zygmunt Bauman, con su concepto de «sociedad líquida», y Byung-Chul Han, quien alerta sobre la sociedad de la autoexposición, Farran subraya una preocupante paradoja, «Aunque la IA y las redes nos conectan cada vez más con personas que piensan como nosotros, muchas veces eso aumenta la soledad». Al evitar la diferencia, perdemos la riqueza de las relaciones humanas, resultando en que «tenemos muchas conexiones, pero menos encuentros reales con lo distinto».
Recuperar la soberanía digital y exigir una IA ética
Para revertir esta pérdida de autonomía, el profesor Farran propone abrazar la «alfabetización algorítmica» mediante decisiones más conscientes. Esto implica diversificar fuentes, borrar historiales, salir del automatismo y dedicar tiempo a formatos no dependientes de algoritmos, como newsletters, medios especializados o libros. «Recuperar soberanía digital significa pasar de ser un consumidor pasivo del algoritmo a un usuario que decide qué quiere ver, leer y escuchar», asevera.
A nivel estructural, el experto de VIU defiende que sí es posible diseñar una IA que potencie la serendipia y el pensamiento divergente, pero ello requeriría que las plataformas modifiquen su rentabilidad para «incorporar criterios de diversidad informativa y exposición a contenidos distintos». El debate actual exige más transparencia algorítmica y control por parte del usuario. «El futuro de la comunicación digital probablemente pasará por equilibrar la eficiencia de los algoritmos con el derecho de los ciudadanos a un ecosistema informativo más plural y abierto», concluye.

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